Nada en el mundo
pudo enseñarnos mejor
que la amarga intuición de la herida.

Así es como aprendimos
a saber de la justicia antes que de la ley,
del mar extendido
antes que del río manso que socava nuestras casas.

Preferimos por lo tanto
abrazarnos a las olas
y señalar de frente a los asesinos.

No somos los hambrientos
que se rompen los dientes
con el pan duro de la filantropía,
ni los sedientos
que se atragantan
de la empozada saliva de los discursos.

Hemos llevado las espigas
a las tierras donde todo alimento se multiplica
y donde sobran manos para esculpir la cosecha.

No llegamos hasta las cumbres
para caer de pronto
llenos del vértigo de los cobardes;
no somos quiénes,
no.

A un paso del camino
se yergue el destino
que nuestra propia sombra ha señalado.
Como enjambre de nubes, llegamos
al punto
donde todos los inviernos
revientan en un millón de pájaros
insurrectos.

Fabricio Estrada

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